por: Rafael H. Zaragoza Urdaz, MD

El uso general de antihistamínicos ha aumentado debido a la amplia variedad de tipos de alergias, primordialmente aquellas que afectan el sistema respiratorio. Las alergias tienden a reflejarse mediante síntomas pulmonares, nasales, extranasales en los ojos, los oídos y la garganta. Cabe señalar que en Puerto Rico estamos más propensos a este padecimiento ya que recibimos la bruma del desierto del Sahara y la exposición a las partículas de las cenizas del volcán La Soufrière en la isla de Monserrat.

En los últimos tiempos, estos factores han prevalecido de manera contínua creando así una de las temporadas de mayor sintomatología. Esto forzó el fomento de planes preventivos siendo los antihistamínicos –tanto sedativos como no sedativos- uno de los medicamentos más utilizados.

Los antihistamínicos proveen una cubierta extendida que bloquea los síntomas precipitados por la liberación de histamina, mediador más importante de las alergias, y causal directo de síntomas como estornudos, picor y goteo nasal. En ocasiones, enrojecimiento, ronchas, picor en la piel, así como secreciones posnasales, tos seca y hasta asma.

Su efecto prolongado dentro de los síntomas de la afección alérgica produce un alivio antiinflamatorio.

En casos en los que las afecciones alérgicas persistentes se consideran inflamatorias crónicas, este efecto es importantísimo ya que controla los mediadores que perpetúan dichas alergias. El uso de los antihistamínicos es de suma importancia dentro de las estrategias o medidas preventivas al establecer los diferentes patrones de alergias, por ejemplo, perennes (contínuas) o estacionales (intermitentes). Su efectividad resulta muy útil al consumirse antes de las temporadas que más afectan al paciente.

 

CONTROLA TU ALERGIA

Para que cada individuo logre un control de su alergia, es sumamente importante que desarrolles las siguientes estrategias preventivas:

Identifica los alergenos de temporada que más te afectan como los pólenes de árboles (febrero a mayo), gramas (mayo a julio) y arbustos o malezas (julio a final de septiembre).
Define los alergenos perennes que más daño te hacen. Entre ellos, las esporas de hongos ambientales, el polvo casero y el ácaro o pulga microscópica de polvo, las proteínas de insectos como cucarachas, hormigas y mosquitos, además el pelo y el epitelio de mascotas como perros y gatos.
Establece medidas de control ambiental para minimizar la exposición a los alergenos. El uso de medidas de barrrera, como protectores antialérgicos en los colchones y las almohadas, es recomendable. Utiliza, además, purificadores de aire y deshumidificadores que controlen la humedad relativa promedio manteniéndola alrededor de un 50 por ciento, lo que previene la reproducción de hongos y de ácaros.
Diagnostica la sensitividad específica de cada individuo a los alergenos mencionados a través de pruebas de piel (pruebas epicutáneas), realizadas por un alergista acreditado.
Comienza un plan de inmunoterapia, que es el uso de vacunas antialérgicas específicamente constituídas para cada persona.
Usa farmacoterapia preventiva, por lo menos de una a dos semanas antes de la exposición a las temporadas.

(Artículo publicado en la revista Buena Vida, Sección “Salud Preventiva: Alergias”; Junio 2007; pág. 78.)

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